Quevedo es conocido por su ingenio que demostraba tanto en sus obras como en su vida cotidiana. Famosas eran sus disputas con Góngora en la que se insultaban con ingenio e ironía.
Entre sus famosas anécdotas se encuentra la que le sucedió al encontrarse con una mujer en un balcón. La mujer, al ver al escritor, comenzó a insinuarsele hasta que llegó a un punto en el que Quevedo subió al balcón gracias a una polea que había. Lo que ignoraba es que a la mujer le acompañaban unos amigos, que eran quienes tiraban de la polea y que todo era una broma. Cuando recorrió la mitad del tramo que va desde la calle al balcón, dejaron al escritor colgado mientras los amigos de la mujer se reían de él. Esta situación causó gran espectación entre los viandantes, lo que alertó a la guardia nocturna. Cuando llegaron a instaurar el orden preguntaron:
Soy Quevedo, que ni sube, ni baja, ni está quedo
he cometido un desliz.
Resulta que he escrito tápiz,
en vez de escribir tapiz.
Llegado el día decidido se presentó Quevedo ante la soberana portando en su diestra una rosa y un clavel en la siniestra.
Ahí estaba toda la corte reunida y ante público tan noble, a modo de testigos, mostró ambas flores a la reina para que admirara su textura y gozara de su aroma y entonces haciendo una reverencia le declaró:
"Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja"
dais a entender, señor,
que vos sois la cabalgadura
y yo el herrador.
No he de callar (Francisco de Quevedo)
"No he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?"
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?"
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