Ya iba anocheciendo. Una monja caminaba por la calle.

De repente, una rubia se ofrece a llevarla en su coche. Muy agradecida, la monja aceptó y se subió al automóvil, un reluciente Ferrari rojo con asientos de cuero y unos 322 extras de lujo.
-Qué coche más bonito tiene usted -comentó la monja-.
Debe de haber trabajado mucho para poder comprarlo, ¿verdad?
-Qué va, hermana. En realidad, este coche me lo regaló un empresario que se acostó conmigo durante varios meses.
La monja no dijo nada.
Mirando hacia el asiento de atrás, vio un extraordinario abrigo de visón.
Entonces, le pregunta nuevamente a la rubia:
-Pero el abrigo... ¿Ése sí que le ha costado una fortuna?....
-Tampoco me ha costado nada.
Me lo regaló un jugador de fútbol.
Y sólo por haber pasado con él un par de noches.
La monja tampoco dijo nada.
Es más, ya no pronunció ni una sola palabra en todo el viaje.
Cuando llegó al convento, se dirigió en silencio a la celda y se acostó.
No habían pasado ni diez minutos, cuando alguien llamó en su puerta.
-¿Quién es? -preguntó la monja.
-¡Chisttt! Soy yo, el padre Martín.
La monja se levantó y entreabrió la puerta.
-¿Sabe qué, padre?...
-No, hija mía. Dime, dime.
-¡¡¡Que se vaya a la mierda con sus chocolatinas!!!
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